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Nos estamos asfixiando

Es evidente que el problema de la contaminación en la Ciudad de México tiene raíces que van más allá de una solución temporal, como sería cualquiera que tuviera que ver con el programa Hoy no circula. En efecto, si durante un par de días se disminuye el aforo vehicular, las emisiones se reducirán: sin embargo, si no tomamos medidas urgentes al respecto, es mucho más lo que puede estar en juego.

El problema del medio ambiente difícilmente ha importado a una sociedad acostumbrada a pensar en el corto plazo por la propia ceguera de sus gobernantes. El sistema de partidos -y la falta de rendición de cuentas de los funcionarios que integran el gabinete en cada administración- ha creado incentivos perversos para lograr resultados espectaculares en apariencia, pero sin más fondo detrás: son innumerables las políticas públicas diseñadas para el lucimiento de un personaje en específico, y todavía más los actos de inauguración de obras que no han sido concluidas.

Los tiempos que corren tampoco ayudan mucho. Las redes sociales demandan información constante, y los programas de rendición de cuentas se transforman en fotografías interminables de reuniones sin trascendencia, que son retransmitidos de inmediato por el equipo que las genera en un afán absurdo de demostrar el trabajo antes que de realizarlo. Quien tendría que utilizar un canal privilegiado para transmitir un mensaje directo, cambia su misión y lo atiborra de datos inconexos que no logran integrar ni siquiera información, en lo que se ha convertido en una competencia de popularidad, que no de resultados.

Así, ha sido muy sencillo a lo largo de los años tomar medidas de relumbrón y compra de favores políticos, antes que realizar aquellas que tendrán un beneficio real a largo plazo. El transporte público es un ejemplo palpable, con microbuses que no cumplen con las medidas mínimas de seguridad, pero han proliferado al amparo de la simbiosis perversa entre líderes y autoridades. Lo mismo pasa con la basura, con el manejo del agua, con las vialidades atestadas de vehículos que no deberían de circular. Ahora, tenemos un sistema de transporte que no es eficiente y está coptado por mafias que no permiten que mejore; un sistema de recolección de basura que no funciona de manera correcta, un sistema de aguas que desperdicia más de lo que procesa y cada vez más automóviles en las calles. Automóviles cuyos conductores, además, desprecian la ley y están dispuestos a burlarla a la primera oportunidad. Es natural que haya un caos todos los días, es natural que los niveles de contaminación se eleven cuando las condiciones climáticas no sean las propicias.

Y esto será cada vez más frecuente: el cambio climático es una realidad cuyos estragos se aprecian cada semana. Ya no es posible confiar en el propio clima para limpiar las ciudades: el ejemplo más patente es que, tras las ráfagas de viento de la semana pasada, que nos brindaron unos de los cielos más diáfanos de los últimos tiempos, en estos días estemos viviendo una pesadilla que nos pone en riesgo.

Las consecuencias ya están aquí, para desgracia de una sociedad que no supo pensar en el largo plazo. Hoy, la nata que se cierne sobre la Ciudad de México nos asfixia y da testimonio de nuestra indolencia y falta de miras. La misma indolencia que nos ha llevado, por generaciones, a empujar los problemas que deberíamos atender de inmediato.

Es el momento de tomar medidas al respecto. El problema de la contaminación es ineludible, y para solucionarlo se necesita no sólo la voluntad política sino la concreción en los hechos de la mano de una sociedad que no puede permanecer aletargada durante más tiempo. México es un país que se ha destacado a nivel internacional por una defensa del medio ambiente que, lamentablemente, ha sido menor de la necesaria. Es importante salvar nuestros bosques, nuestra fauna, nuestros mares, pero es urgente salvar a nuestra ciudadanía.

Las consecuencias de no tomar acciones valientes y efectivas ya caerán sobre las generaciones futuras, sino sobre nosotros mismos. La situación es insostenible, y requiere de un liderazgo efectivo que trascienda el ámbito sexenal: es el momento de que las fuerzas políticas y la sociedad asuman su responsabilidad sobre un problema que nos está, literalmente, asfixiando.

Fuente y Créditos: dineroenimagen.com
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