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El arte y la justicia mexicana

Tolstoi nos regaló muy valiosas referencias a la justicia de la Rusia de sus años, la que precedió a la revolución socialista. Sin haberla sufrido en carne propia, el novelista padecía como pocos la injusticia, pretendiendo combatir la desigualdad con los medios más originales que se recuerden, extraños a veces, hasta para un artista. Lectura obligada su novela, Resurrección, relato que se fundamenta en la justicia a la que aludo, en los tribunales rusos de entonces, para describirnos cómo funcionan, y cuyo protagonista, el aristócrata Neklindoff, jamás consigue armonizar su personal código de ética con los privilegios que a su delito le conceden los jueces, obsequiosos siempre con la nobleza y el dinero.

Época la nuestra de extravío en lo político, lo social y lo filosófico, con retrocesos en los más diversos escenarios de la vida mexicana. El arte ha sido inmune a tiempos así, e incluso se habrá valido de ellos porque ha sido más frecuente que la tragedia obligue a la expresión y que el gozo le resulte sedante. Arte y cultura, nada más nos queda hoy a los mexicanos. Versar, narrar, pintar, filmar, bailar, tocar o cantar para dejar testimonio, con una regla fatal e infalible: el valor inmenso del arte jamás corresponderá al precio en que se le tasa, para que los artistas se obliguen a buscar oficios alternativos que les ofrezcan el dinero que no hay en su obra.

País de derechos que nada ofrecen a los mexicanos, que sirven sólo a quienes se hacen la vida de explotarlos. ¿A qué tenemos derecho? No importa. Cada una de nuestras supuestas garantías será modus vivendi de quienes se adscriben a un inmenso e inútil aparato burocrático, a servirse de él. Tribunales, jueces, magistrados en todo, de todo y para todo, aunque la ley termine resultando absurda. Encabezan el sistema los Ministros de la Suprema Corte, personajes en perenne contradicción que se valen de las leyes para encontrar el camino a la evasión de la justicia.

País de piratas que se apropian de los derechos autorales de cualquiera que pueda y deba a adjudicarse la responsabilidad de crear. Del cine pirata ni hablar, con todo y su policía fiscal encargada de esquilmar a quienes viven de ello. Los derechos autorales de los músicos son un caos, y cuando está a punto de aparecer algún libro que prometa ganancias, ya hay versiones pirata. El mundo del arte plástico se halla igual saturado de falsificaciones. Ejemplificando con la situación de escribir un libro, el autor tiene derecho a ¡la décima parte! de las ventas.

Simbiosis perfecta la de nuestros legisladores y nuestros ministros, aquellos han decidido que la piratería, que como se sabe no es legal, lo tendrá que ser en cierto modo si lo pirateado se convierte en la única versión a la que puedan tener acceso los discapacitados. La hipocresía que entraña el supuesto interés por el bienestar de “los discapacitados”, con la consecutiva imagen heroica de legisladores y magistrados parásitos que protegen a los minusválidos, otorga a quien quiera ejercerlo el derecho de piratear. “Convalidar”, le dicen los ministros a la complicidad que no entiende de respeto al autor. Ya ven en lo que terminó el “diga no”: una absurda causa justiciera más que le niega derechos al artista en nombre del merecimiento de todos a gozar de la obra, en formatos accesibles para aquellos cuya tara no será más un impedimento al goce estético. Recupero mi nuevo derecho. Los ministros me concedieron insultar a la autoridad; sépanse insultados por los ciudadanos que sí entendemos el atropello al arte y la cultura nomás para justificar puestos.

Columnista:

 

Fuente y Créditos: excelsior.com.mx

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