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Opinión – El terremoto Donald Trump en Europa, sin tapujos

yago-mendez


La noticia de la victoria del polémico candidato republicano a la Casa Blanca, Donald Trump, como noticia de gran calibre es utilizada por un sinnúmero de personas para gritar a los cuatro vientos simplezas, barbaridades, alabanzas o incluso, pero en pocos casos, grandes verdades. Yo simplemente quiero, como siempre intento, huir de maniqueísmos y argumentos predecibles… Y expresar mi opinión sincera, desde una perspectiva estrictamente liberal, y con toques de apego y respeto hacia la tradición cristiano-occidental, en la que adelanto no casarme con nadie.

Simplemente quiero expresar mi indignación, una indignación que no es únicamente causada por la victoria de Trump; es más, hasta consideraría que, en el contexto actual de decadencia completa del mundo occidental, tal victoria hasta podría ser positiva a la larga. No apoyo muchas de las ideas del nuevo presidente, pero creo que los occidentales, los hijos de la vieja y gloriosa tradición humanista y cristiana, necesitábamos un toque de atención como el que nos ha dado Trump. Así como los toques de atención del auge de Putin o el auge de la extrema derecha europea, para que abramos de una vez los ojos.

El monopolio de la izquierda sobre la moralidad lleva invadiendo Europa ya desde la época de Mayo del 68, los medios de comunicación han sido siempre los únicos culpables -junto a la sociedad que manipulan, borregos en demasía, que retroalimentan fatídicamente tal manipulación cultural, la ignorancia y el simplismo- unos “mass media” que, en connivencia con numerosos gobiernos que viven del estatismo cual virus galopante, como parásitos indeseables -generalmente muchos políticos se dedican a intentar arreglar problemas que ellos mismos han causado- intentan propiciar un pensamiento único que provoque que la sociedad pierda su sentido crítico y se dejen de cuestionar los grandes dogmas que convienen a las élites gubernamentales. Y los medios se han apoyado en el progresismo, en las ideas consideradas tradicionalmente de izquierda, para hacer frente al cuestionamiento del sistema por ciertos sectores de la derecha, en su mayor parte liberales, libertarios o incluso independientes de cualquier color, que valoran por encima de todo la esencia última y el origen de la mentalidad europea, desde los gloriosos tiempos de Grecia y Roma, la riqueza del Medievo hasta pasar por la plenitud del Humanismo y las luces ilustradas: la libertad, la libertad individual; el individualismo. Para los medios es más sencillo utilizar los sentimientos, las grandes armas que siempre ha usado el progresismo, para tocar la fibra sensible del ser humano. Porque las emociones nos suelen hacer vulnerables, y es de gran valor saber trascender de ellas cuando hay que hacerlo, y no caer en la demagogia que hoy domina el mundo.

Llevamos décadas, en España de un modo especialísimo, en consonancia con nuestro carácter impulsivo, poco reflexivo y sumamente sensible, abriendo los brazos a inmigrantes. El tema no es despreciarlos por completo, como el señor Trump hace, pero no vender nuestra seguridad social como si fuese una fiesta, alimentando así ese denostable parasitismo, una de las mayores bajezas morales humanas. Llevamos décadas haciendo de la tolerancia la virtud, o eso en apariencia; que le pregunten a los indepes catalanes si la acogida de inmigrantes no es sino un teatro para buscar adeptos a su ideología sectaria, aliados para su lucha eterna contra “el enemigo español”. O que le pregunten a los señores de Podemos su apoyo a cualquier tipo de “minoría discriminada” cuando asaltan capillas y su máximo líder ha alentado al asesinato de fachas, o incluso se ha jactado de estar en un escalafón superior al “lumpemproletariado”. Curiosa forma de predicar la igualdad.

Desde el supuesto triunfo del keynesianismo tras un período de crisis nunca antes visto, aun superadas tales medidas económicas con la nueva ola de liberalismo de Reagan y Thatcher -imperfecta en muchos aspectos- los medios llevan vendiéndonos décadas que el Estado del Bienestar es la obra divina que nos guiará hacia el Edén. No afirmo que fuese positivo el derrumbe total de muchas de sus grandes medidas, pero el continuo apoyo de los medios hacia los entes públicos, echando pestes directa o directamente sobre la acción privada mediante el peyorativo término de “neoliberalismo” que muchos jóvenes y no tan jóvenes progresistas o neocomunistas lo asocian común y sorprendentemente con una nueva forma de fascismo, ha hecho que los ciudadanos hoy únicamente al pensar en la victoria de Trump hablen de inmigración y terrorismo. Pero olvidan una de sus grandes propuestas, que han sido el germen del progreso de Estados Unidos y el resto de naciones del mundo, que no es otra que la bajada general de impuestos. Porque los únicos países que han progresado a través del sistema de bienestar han sido los escandinavos, y en su mayor medida gracias a una gran parte de la iniciativa privada y, principalmente, a una amplia cantidad de recursos petrolíferos y baja población.

De cualquier modo, estos medios que tanta repulsa me producen han conseguido, con éxito, que la derecha se asocie únicamente a “reacción” y conservadurismo, y que la izquierda, origen único de la mediocridad y la homogeneidad, sea vista como el paradigma del progreso en libertades y amplitud de miras, cuando lleva más de un siglo atentando contra la principal libertad máxima, que no es otra que la individual, y por extensión la económica. Y eso que Trump ha planteado llevar a cabo una política de proteccionismo económico, mostrando así lo retrógrado de su visión sobre la actividad empresarial, haciendo un flaco favor al estatismo. Por ello, el ideario de Trump es una mezcla de medidas eficaces, pero centradas únicamente en el progreso patrio, acompañada de la xenofobia propia del nacionalismo más arcaico y cerrado. Una suerte de neofascismo, pero con tintes liberalizadores. Extraña y peligrosa combinación, señor nuevo presidente.

Qué decir sobre el auge del terrorismo estos tiempos. Los países occidentales se han mostrado negados para cortar de raíz la nueva gran amenaza mundial, politizando este gran problema desde los tiempos de Bush, que creyó haber ganado una cruzada usando la irreflexiva excusa de las armas de destrucción masiva de Irak, y creyéndose el salvador de una humanidad que no había hecho más que entrar en guerra: véase el 11S y todo lo que, sucesivamente, trajo consigo. Occidente, en alas de ese falso progresismo, lleva décadas potenciando la tolerancia hasta niveles de desprotección, lleva años borrando fronteras, que intrínsecamente no es malo en sí, pero favoreciendo por consiguiente la falta de vigilancia fuerte del terreno, de los países y sus caminos. Lleva años dándole la espalda al cristianismo, considerándolo como algo fuera de lugar, viejo y caduco, y a causa de ello respetando hasta niveles de peligro otras confesiones en las que el extremismo se encuentra más presente que nunca.

Y es que la arrogancia de los medios de comunicación ha provocado que la gran oportunidad de la humanidad, la oportunidad perdida, la gran e ideal oportunidad de la democracia, de la posibilidad de tomar decisiones por parte de todos los ciudadanos, sea utilizada como una forma de penetrar en las fibras sensibles de la gente y manipular sus sentimientos. Eso lo han hecho los medios en comunión con los candidatos políticos, con discursos repletos de falsas promesas, y continúan alimentando las polarizaciones, los radicalismos entre “derecha” e “izquierda” y siempre bajo la baza de la despreciable corrección política.

Porque si algo valoro de Donald Trump es su completa falta de corrección política. Y es que en este mundo de relativismo, de desprecio por los buenos valores tradicionales, de favorecimiento indirecto y politización del terrorismo y de fomento de una tolerancia excesiva, que ralla en la falta de seguridad, es lógico que hayan surgido personajes como Trump, que parecen erigirse en azote de tales desgracias. Pero lo que realmente lamento de este político es que se haya servido de la misma farsa que todos aquellos que desprecia y pretende enterrar: el populismo, la demagogia. Y lamento todavía más que, como armas para hacer resurgir sus deseados y verdaderos Estados Unidos de América, tenga que utilizar el otro extremo de la balanza, una agresiva intolerancia contra musulmanes e inmigrantes por el mero hecho de serlo y, medidas proteccionistas para que la decadencia no prosiga. Desprecio la intolerancia, pero puede ser que necesitemos estas bombas políticamente incorrectas de Trump para que nos alejemos del camino de la irresponsabilidad y actuemos de verdad con raciocinio y sin sensiblerías antes los problemas cotidianos del mundo de hoy. Tolerar, sí, pero con seguridad, firmeza y transparencia. Tenemos que darnos cuenta de que, ahora mismo, ha llegado un punto en que necesitamos imbuirnos de la eficacia de la intolerancia, algo que en sí mismo es deplorable, para que sepamos actuar como realmente debemos hacerlo.

Y dejad de echarle la culpa a la democracia. Así agradecemos que poseemos la posibilidad de elegir nosotros a nuestros líderes, la posibilidad de manejar, ateniendo a nuestra (aparentemente) indiscutible mayoría de edad, nuestros destinos; no, debemos darnos cuenta de que la culpa no la tiene la democracia. La tiene la incapacidad de los ciudadanos para elegir con racionalidad y madurez. Porque ante tiempos de incertidumbre, Hitler también fue elegido y, siendo sinceros, hizo resurgir la prosperidad en Alemania. Y hoy, en tiempos similares de hastío y desencanto, los estadounidenses han elegido a Trump, un hombre de, sin duda, gran inteligente, pero también nacionalista xenófobo como el nazi. Está visto que los humanos no aprendemos de los errores, y seguimos sin encontrar el justo medio entre la apatía y el conformismo con el sistema, y el radicalismo de personalidades fuertes que cuentan con una gran paradoja: poder llevar al mundo hacia los altares, pero cuya megalomanía, intransigencia e intolerancia comúnmente acaban provocando desastres. Hitler, después de hacer de Alemania la mayor potencia de entonces, provocó el desastre. Veamos si Trump no hace lo mismo. En todo caso, jamás es culpa en exclusiva del dirigente concreto. ¿Qué responsabilidad tienen, entonces, los electores?

volandosinretorno.blogspot.com

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