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Zedillo favoreció a Fox: Bartlett

CIUDAD DE MEXICO.- Más allá de que Francisco Labastida no fue nunca un buen candidato del PRI a la Presidencia de la República en el año 2000, porque “no tenía ascendencia alguna entre las bases”, lo cierto es que Ernesto Zedillo tendió “dos trampas sucias” que acabaron de hundir 70 años de gobiernos priistas: por un lado impuso a su entonces secretario de Gobernación como candidato, mientras que por el otro favoreció desde Los Pinos, y desde mucho antes, las aspiraciones de Vicente Fox.

La lucha histórica que se libró entonces y que se perdió, define a Excélsior Manuel Bartlett, se centraba en impedir a toda costa el “dedazo” al interior del Partido Revolucionario Institucional (PRI), recuperar su tradición democrática y, además, que no hubiera un aspirante tecnócrata como lo habían sido el propio Zedillo y su predecesor, Carlos Salinas de Gortari.

En efecto, a tres lustros de que el panista Fox Quesada se invistiera con la banda presidencial rompiendo la hegemonía tricolor y que el propio Labastida Ochoa revelara a este diario que Zedillo tenía “algún interés” en que el PRI perdiera el poder en México, Bartlett Díaz incluso califica al entonces jefe del Ejecutivo como un personaje totalmente ajeno al priismo, “un tecnócrata, un burócrata, neoliberal, educado en Estados Unidos”.

Hoy senador de la República, evoca que aunque Labastida preconice lo contrario, “no fue nunca un buen candidato. No tenía ninguna buena ascendencia dentro de los militantes ni simpatizantes del PRI. Esa lucha que libramos y que perdimos, que nos impusieron después, fue de la política, de la visión política del país. La visión de una nación independiente, soberana, de justicia social que ése era el lema. Ellos (Salinas y Zedillo) se lo quitan”.

Interrogado en su oficina, quien fuera secretario de Gobernación en el sexenio de Miguel de la Madrid, y junto con Humberto Roque Villanueva, Roberto Madrazo y el mismo Labastida, precandidato por segunda ocasión a la Presidencia, enfatiza que si entonces al político sinaloense se le dejó caer en sus aspiraciones a Los Pinos desde el mismo PRI o desde la Presidencia –como lo denunciara recientemente- “debe ser cierto”, pero le hace ver, insiste, que fue Zedillo quien lo impuso en un proceso “totalmente antidemocrático”.

Va su memoria a otros tiempos. Recién terminada su gestión como gobernador de Puebla, en 1999, recibe una llamada telefónica del presidente Zedillo Ponce de León para felicitarle por su labor como gobernante y es ahí donde él le anuncia sus pretensiones presidenciales.

Yo le dije que iba a lanzar mi candidatura a la Presidencia. Mi precandidatura. Y eso fue lo que hice. La lancé, lo hice público, como idea mía personal, para evitar el dedazo, para empujar precisamente un proceso democrático interno y evitar que estuvieran poniendo presidentes tecnocráticos que el PRI no los quería entonces”, recuerda.

Pero tanto el presidente del PRI de entonces, José Antonio González Fernández, gran amigo de siempre de Zedillo, como el “árbitro” de la contienda interna del tricolor, Fernando Gutiérrez Barrios –“que no era experto electoral, ni era priista”, acota el entrevistado– jugaron abiertamente en favor de Labastida Ochoa.

Los recuerdos se le agolpan de súbito. Mientras Bartlett buscaba a toda costa y cuesta arriba que hubiera asambleas de la militancia priista, con credencial incluso, ya fueran estatales o municipales, la determinación de la cúpula tricolor se fue por otro lado, siguiendo órdenes desde Los Pinos, según el hoy legislador del Partido del Trabajo.

Ya en esa situación, consigna, se abre una elección interna que manipula Zedillo, que la hace pública, abierta, contra lo que yo le planteé. Yo le dije que la consulta interna tenía que ser en el PRI, en asambleas locales y no teníamos que gastar dinero. Y él dijo que no impuso que fuera abierta, a población abierta, no a priistas, por el temor que tenían de que adentro del PRI ganaban priistas y no tecnócratas. Y además, pone un mínimo de cinco millones de pesos para gastar, lo cual es un absurdo porque, en fin, solamente el candidato del partido, del Presidente, puede tener cinco millones de pesos”, insiste.

Entonces, recalca el político poblano hoy de izquierda, si bien “el priismo de Francisco Labastida Ochoa era muy tenue”, al interior del Revolucionario Institucional “no le permitieron a los militantes manifestarse abiertamente”, lo que decanta en la nominación de la candidatura del entonces secretario de Gobernación del zedillismo.

Ya en campaña, y con Dulce María Sauri como dirigente del tricolor, Labastida consideró que Ernesto Zedillo no le apoyó en sus aspiraciones “y debe de ser cierto”, le avala Bartlett y desliza: “Yo no sé qué arreglos hubo con él, pero Zedillo jugó favoreciendo a Fox. Todo el tiempo favoreciendo a Fox… Lo consintió todo el tiempo. Lo apoyaron desde Presidencia en muchas cosas”, suelta de nuevo.

A la postre, rememora Manuel Bartlett, la descomposición del PRI empieza a darse con Salinas y su dedazo en favor de Zedillo en 1994. Lo califica como derechización, que “nos lleva a un Tratado de Libre Comercio en condiciones bastante inequitativas; nos lanzó a una política que es la que tiene ahorita a la mitad del país en pobreza”.

Vehemente, indignado, el senador petista indaga en voz alta y él mismo se responde: “¿Zedillo de dónde salió?, Zedillo era antipriista, no tenía ninguna relación con el PRI, fue una invención, otra invención de Salinas. Zedillo era un burócrata de Hacienda.

Era secretario de Programación y luego fue secretario de Educación. Presidente de México, un hombre totalmente ajeno a la política mexicana, un neoliberal educado en Estados Unidos y que no tenía vinculaciones con un partido nacionalista, de viso social, nada”.

Juzga entonces que el asesinado Luis Donaldo Colosio “habría sido un mejor Presidente que Zedillo. Colosio tenía el toque político del PRI. Zedillo fue ajeno a los intereses nacionales concebidos como una nación independiente y soberana, un burócrata del área financiera. Eso es lo que fue. Y fue otra imposición de otro tecnócrata llamado Salinas”.

Por lo que hace a Labastida, le asesta: “ya está muy lejos de esas cosas y sobre todo que luego jugó un papel como senador y presidente de la Comisión de Energía al servicio de (Felipe) Calderón. Labastida llega a la senaduría con gobiernos del PAN y lo hacen presidente de la Comisión de Energía para que él hiciera la cabeza de la Reforma Energética de Calderón, que es el inicio, el preludio, de la entrega de la energía a los intereses extranjeros”.

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