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El fantasma de Don Porfirio vuelve a pasearse por México

CIUDAD DE MEXICO.- Porfirio Díaz fue un hombre de pocos escrúpulos y hechos notorios. Como soldado cayó herido en combate, dio la puntilla a las tropas francesas y entregó a Benito Juárez la Ciudad de México. Como presidente, mostró un olfato felino que le permitió mantener al país bajo su bota casi ininterrumpidamente desde 1877 hasta 1911, dando lugar a un periodo, el Porfiriato, que aún genera perplejidad.

No hay consenso en México sobre si esa etapa supuso un ciclo de paz y orden o si representó la cálida putrefacción de un sistema arrodillado ante un dictador cuya voracidad desembocó en la Revolución Mexicana.

Esta confusión alcanza de lleno al héroe de Puebla. A Porfirio Díaz, creador en vida de un notorio culto a la personalidad, se le atribuyen todo tipo de leyendas e incluso de frases lapidarias. “Pobre México, tan lejos de Dios, tan cerca de EE UU” es de las más conocidas. Pero el general mixteco, aparte de que posiblemente nunca la pronunció, demostró creer poco en Dios, menos en la democracia americana y casi nada en todo aquello que no fuera él mismo.

Enterrado en el parisino cementerio de Montparnasse, el pasado 2 de julio se celebró el centenario de su muerte. En algunos círculos políticos, enamorados del espíritu positivista y afrancesado de Díaz, ha prosperado la idea de traer los restos de vuelta. Pero en un país gobernado por el PRI, la iniciativa parece destinada al fracaso.

El patriarca, clientelar y pérfido hasta la médula, es la figura antagonista de los mitos revolucionarios. Su sed de poder se plasmó en su inagotable capacidad para la reelección fraudulenta. El resultado fue la formidable sacudida revolucionaria y el consiguiente nacimiento de un peculiar engranaje político que, para evitar la reelección, engendró una de las criaturas más extrañas del orbe americano: el PRI.

Los tiempos de su hegemonía absoluta ya han pasado. México vive ahora con normalidad la alternancia política. Pero la posibilidad de reinstaurar la reelección sigue siendo un tabú. El espectro de Díaz aún espanta demasiado. Para muchos, es mejor que siga enterrado en Montparnasse.

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