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EdoMex envía 140 camiones de acarreados al Zócalo

CIUDAD DE MEXICO.- Qué patriotas, qué orgullosos, qué gritones, qué mexicanos, qué acarreados somos todos. Incluso los de Ecatepec trajeron sus sombreritos de palma y los de Tulpetlac sacaron sus ropas rojas y los de Tultitlán se pusieron sus playeras verdes y los 140 camiones nos dejaron por la Alameda y en Donceles y en la Plaza Santo Domingo y cuando nos bajamos nos pegaron un sticker en el pecho con el nombre de nuestro municipio y todos sonrientes porque unos dijeron que les darían 400 pesos, otros 500 y hasta los de Tlalnepantla presumían sus 700, y eso sin contar los lonches de tortas y sándwiches y hasta mole verde con pan Bimbo.

¿Y todo para qué? Para gritar con la Arrolladora Banda Limón y ver de cerquita y arrullarlo con nuestros gritos (“griten, deben de gritar fuerte”, nos dijo un hombre en la entrada), al más guapo de todos los presidentes, ¿a quién más? a Enrique Peña Nieto.

Claro que algunos nos hacen caras. Ya casi al entrar, todos en fila sobre Moneda, una mujer se puso a gritarnos: “Malditos vendidos. Por eso México está como está. Por eso el Peña Nieto tan corrupto y por eso Higa y la Casa Blanca…”, y ya no oímos más, porque ya el Estado Mayor y los policías federales abrían las rejas ante nuestro paso.

“¿Ya ven cómo los consiento?, pásenle mis acarreados”, decía una mujer que iba adelante. En plan sarcástico, claro.

¿Qué para dar entrar a dar el Grito al Zócalo había filtros? ¿Arcos detectores de metales? ¿Rayos X? ¿Qué los padres tenían que cachear a sus hijos? Ni en cuenta. Del lado de los acarreados sólo sacas el pecho con el sticker, una ligera revisión y pásale.

Son las seis treinta, ya se oye Moderatto. Entramos apurados a nuestro lugar, pero ¡ay, qué escenario! Los viejitos acarreados ya se cansaron, se sientan en el suelo, estiran sus patas largas, las mujeres se acuestan sobre el pavimento, chupan sus bolsas de agua, obstruyen el paso, igual los niños, ¿pues es que estamos en la Villa?

Ahora empiezan los problemas. Ahora que Jordi Rosado está diciendo que se va a hacer un simulacro, “un gritómetro”, dice. Y nosotros nos sentimos bien solos. Porque nos dijeron que íbamos a estar más cerca de la Banda Limón, y al final estamos hasta acá, del otro lado de la mitad vacía del Zócalo, cerca de donde va a estar el Presidente, y así nadie se acuerda de nosotros. Ya por eso algunos están fingiendo que están enfermos para cruzar las rejas, los pasen al Servicio Médico y de ahí se escapen hasta el escenario.

“Oiga, joven, ¿y no habrá alguien que esté más arriba de usted? Es que no se vale. ¡Todavía que venimos a apoyar a Peña y nos dejan de este lado!”.

La más peleonera a la hora de pedir trato VIP para los acarreados es una señora. Pero el policía dice que no, que para ver de cerca a la Banda Limón hay que formarse como todos y pasar filtros de seguridad como la prole. “Ahhhh, ¿entonces para qué somos acarreados?”.

“Yo creo que más tarde van a tener que dejarnos estar cerca de la Banda Limón, ¿si no, a qué venimos? Si no, mañana el periodicazo: ‘Zócalo medio vacío'”, dice uno de los hombres. Él es el que dice que vienen de Tlalnepantla.

“Yo los reuní de mi trabajo”.

– ¿De a cuánto?

– Setecientos por cabeza.

– ¿De alguna dependencia de Gobierno?

– Del Ayuntamiento.

Hay niños durmiendo en el suelo de este lado. Hay una viejita de babero de cuadros sentada en el suelo frente a la reja que nos divide del Zócalo, sola, triste. Hay más viejitos calentándose las piernas con las manos (¿sabrá nuestro Presidente que así nos tratan a sus acarreados?). Son las nueve de la noche y ya sale la Arrolladora Banda Limón -Acarreadora Banda Limón-. No nos han dejado entrar al Zócalo y por eso se ven medio pelón de este lado. Pero si nos vamos para allá, se va a vaciar aquí donde estamos. Ya ni los acarreados somos tantos. Ya bailamos perreo, ya ahora de a cartoncito con tamborazos, ya coreamos. ¿Qué más falta? ¿Qué celebramos?

Se va la Acarreadora a las diez cuarenta y seis, suena la banda de guerra, medio Zócalo se acerca hacia Palacio Nacional. Han comenzado a silbar allá atrás, fuerte, como si fuera el pelotón de gente de un estadio.

Se necesita algún grito de nuestra parte más fuerte: “¡México, México!”, decimos. Y luego: “¡Enrique, Enrique!”. Una güera exagera: “Arriba el PRI y Peña Nieto, putos, hijos de la chingada… ¡Y la Gaviota!”. Por fin sale nuestro Presidente y toda su prole. Grita eso de los héroes y de la independencia y toca la campana. “Viva, México, Viva México”, dice y todo acaba.

Ya nos vamos a nuestros camiones, pero suenan los fuegos artificiales. Luces y truenos y humo, mucho humo. A las once quince, cuando acaban, vuelven los chiflidos y nosotros volvemos a gritar. Gritamos, gritamos, y al final nos aburrimos.

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