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El abuelo está triste

            Los viejos tenemos un tesoro de amor que queremos       compartir con todo el mundo.

            J. Liu

Mi querido viejo: el abuelo está triste, es media mañana, él está aún en pijama semirrecostado en la cama, con la mirada perdida; el cuarto que ocupa en el fondo del departamento está en penumbra, en la pared hay un cuadro con la fotografía de una pareja joven; es su foto de hace más de 40 años cuando se casó lleno de ilusión; sobre el buró junto con sus lentes hay otra fotografía pequeña de una niña como de cinco o seis años, sonriente y alegre.

El abuelo está triste, atrás quedaron todos esos años en los que con entusiasmo se levantaba cada mañana para trabajar y llevar lo necesario a su hogar, para la comida, la escuela y de cuando en cuando un viajecito a alguna ciudad cercana; atrás quedó el momento en que su hijo le presentó a su linda novia y supo que se iban a casar y como no había mucho dinero, él les cedió el departamento y, como había muerto su esposa, fue a refugiarse en el cuarto del fondo que ocupa desde entonces.

El abuelo está triste, fue testigo del entusiasmo de su hijo cuando iba a ser papá, de las alegrías que llegaron con la bebé hermosa cuya sonrisa y cuya mirada iluminaban todo el hogar, pero luego vivió las crecientes desavenencias entre su hijo y la esposa, que se convirtieron pronto en grandes pelitos, gritos, insultos, amenazas, largos silencios y, por fin, la separación, cuando su nuera se llevó una tarde a su hija de siete años y prohibió a su esposo volverla a ver.

El abuelo está triste, ha presenciado las larguísimas discusiones acerca de los derechos de la mujer y del esposo, la torvas intervenciones de los abogados, que sólo desean alargar los pleitos y ganar dinero a costa de las desavenencias conyugales; citatorios, comparecencias, alegatos, miles de páginas de declaraciones, contradeclaraciones, denuncias de abusos, contradenuncias, todo para nada: la pareja está disuelta y la hija está entre el padre y la madre.

El abuelo está triste, sabe que quien sufre más por la separación de los padres es esa niña que ya ahora tiene más de 14 años, que durante ese tiempo ha sido víctima de manipulación por parte de la madre y de ruegos por parte del padre, pleitos para saber cuándo y en qué condiciones la puede ver, tristeza porque en esa etapa de la vida, cuando todo debe ser optimismo y alegría, su nieta sufre el acoso y las agresiones verbales que se dicen para enfrentar al “enemigo”.

El abuelo está triste, sabe que como él hay muchos abuelos que no pueden ver a sus nietos, y que lo que le duele más es saber que, como su nieta, muchos miles de niños son víctimas inocentes de las querellas familiares; eso se llama “síndrome de alienación parental”, que los siquiatras se niegan a reconocer, pero cuyas consecuencias para su vida futura son muy graves: el daño existe y no se puede negar.

El abuelo está triste, piensa en todo lo que trabajó y se afanó para dar a su familia lo mejor, y sufre al reconocer que no puede hacer nada frente al fracaso de una relación que se rompió y frente al daño que su nieta del alma ha sufrido desde que sus papás se separaron.

El abuelo está triste, y sólo tiene un poco de consuelo al saber que hay una página en Facebook: Niños con MaPa, que pretende hacer conciencia del daño que los hijos sufren cuando son víctimas del abuso emocional de los padres, invita a más padres y abuelos a participar y promueve la creación de una terapia adecuada para que esos niños recuperen la sonrisa y la alegría.

El abuelo está triste.

 

Fuente y Créditos: Excelsior – http://www.excelsior.com.mx
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