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Más competencia es la clave

The Economist de la semana pasada (marzo 26-abril 1) hace un interesante análisis del malestar social que genera el apoyo a candidatos presidenciales populistas en Estados Unidos, sustentado en que sus habitantes ya no confían en su sistema económico, que impide la competencia y crea elevadas utilidades para sus empresas.

Esta situación, que tiene como contraparte una mayor concentración de la riqueza y del ingreso y la cancelación de oportunidades para la clase media con salarios reales cayendo, lo que inspira recetas de política aislacionistas y de intervención gubernamental para limitar el libre comercio, regular aún más a la economía, elevar sueldos por decreto y aumentar impuestos a los ricos y a sus firmas.

El texto aludido señala que nadie ha articulado el enfoque opuesto y propone fortalecer la competencia para sacudir a las empresas poco dinámicas. Plantea emprender una campaña para remover obstáculos burocráticos y revertir el creciente número de actividades sujetas a permiso de quienes ya trabajan en ellas, que estrangulan a las empresas pequeñas y desalientan el acceso a esas actividades. Estando de acuerdo con la propuesta, difiero de su aserción que nadie la ha articulado. Luigi Zingales, profesor en la Universidad de Chicago, ha denunciado con reiteración el “capitalismo de compadrazgo” en el que no hay una competencia efectiva, lo que lleva a una alta concentración, lo mismo de poder que de utilidades. Todo sistema económico genera desigualdad, aunque los socialistas presuman que el suyo no lo hace, gran mentira. ¿Quién va a argumentar con seriedad que Fidel y Raúl Castro de Cuba o Kim Jong-un, de la República “Democrática” de Corea, viven en condiciones comparables a las de sus connacionales? Por contra, una verdadera economía de mercado crea igualdad de oportunidades aunque no dé resultados, lo que los ciudadanos aceptan si se percibe que el sistema beneficia a la mayoría, la desigualdad no es excesiva y muchos pobladores lo consideran un arreglo “justo.” La efectiva competencia genera las tres condiciones.

La competencia en una economía de libre mercado limita la posibilidad de utilidades excesivas, acotando la desigualdad de la riqueza mientras otorga a los consumidores los beneficios de la innovación y genera presiones para elevar la eficiencia, con el corolario que estimula la meritocracia y desalienta el compadrazgo. La competencia es el ingrediente mágico que hace que una economía de mercado funcione para todos. Los modelos económicos que analizan cómo operan los precios y los incentivos que genera la competencia, se basan en el supuesto de que los mercados son competitivos, pero pocos economistas pasan al análisis empírico para asegurarse que el supuesto sea una realidad.

Como lo señaló Gonzalo Hernández Licona, director del Coneval, en un artículo, “la parte más importante de la desigualdad del ingreso se debe a que la población mexicana participa en los mercados con desigualdades iniciales abismales: desigualdad de coberturas básicas, de acceso a mercados, de capital humano, de información, de acceso efectivo a derechos y, sobre todo, desigualdad de poder”. Esta situación, que ha existido en nuestro país por siglos sin que hayamos logrado avanzar lo suficiente en revertirla, en las últimas décadas se ha visto también en EU en la medida que segmentos de la población carecen de las mismas oportunidades del resto. Este es el caso de la comunidad de color que tiene más de sus integrantes en la cárcel, 25% del total, que en la universidad.

También es el caso de los adictos a Trump: blancos de poca educación, cuyas oportunidades de trabajo bien pagado se han ido cerrando por el avance tecnológico, la globalización y los obstáculos burocráticos que impiden una competencia e igualdad de oportunidades. Este es el tema central de nuestro tiempo por lo que regresaremos a él.

Fuente y Créditos: dineroenimagen.com
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