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El resto es juego…

Cierto día a fines de la década de los cincuenta en la Escuela Nacional Preparatoria No. 5, el maestro de literatura afirmó: “La mayoría de los que leen Las cuitas del joven Werther, se suicidan”. La frase, en aquella época en que el cuerpo y la mente son pura energía, representaba un desafío a la mayoría de los alumnos; los estudiantes se lanzaban a devorar el libro con el deseo de resistir el infortunio de Werther y el sonido simbólico de las campanas de Wahlhein con igual o superior audacia a la de Ulises cuando escuchó el hechizante canto de las sirenas, pero sin estar, como él, amarrado de un mástil y, naturalmente, con la certeza y el valor de leer y sobrevivir. Afirma Camus en el preludio de El mito de Sísifo: No hay más que un problema verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva (Ser o no ser de Hamlet) es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.

En el deporte hay actividades de alto riesgo mortal, pero difícilmente se conocen informaciones de suicidios. Ante serios problemas, algunas personas, ante la mordedura de lo amargo, ante la asfixia de un problema moral o económico, no actúan como Catón que se arrojó sobre su espada, sino sencillamente, tras reflexionar sobre el difícil asunto se van a caminar y a respirar profundamente en sitios arbolados. No, de ninguna manera con tan solo caminar y respirar se alcanza la solución al problema, pero la mente y el cuerpo serenos lo aprecian acaso en su verdadera dimensión. Se pueden tomar decisiones acertadas, incorrectas, o bien, con actitud filosófica adoptar con toda entereza la aceptación.

Hace 72 horas apareció en Excélsior una información de contenido tan real como absurdo. La gladiadora estadunidense Ronda Rousey, estrella cenital de primera magnitud en el octágono, manifestó públicamente durante una entrevista en televisión que la depresión, tras sufrir el brutal nocaut y probar la amarga derrota ante la retadora Holly Holm, la llevó a pensar en el suicidio.

Perdió el título gallo de Artes Marciales Mixtas tras haberse mantenido invicta como monarca en una decena de combates en los que exhibió alta superioridad técnica y resistencia física. Expresó con lágrimas en los ojos: (sin el título)”No soy nadie, ahora qué hago si a nadie le importo sin esto”.

Holly Holm le conectó una poderosa y brutal patada izquierda a la cabeza, que fue como el último golpe de hacha que desgaja a la robusta sequoia.

Una alusión a la palabra suicidio motivó a Ronda Rousey, en agosto pasado, a fulminar en 34 segundos a la brasileña Bethe Correia. La sudamericana, dentro de las bravatas serias y artificiales que se producen en algunos combates, le había dicho: Después de la paliza que le dé va a desear suicidarse.

Rousey lo tomó como una afrenta. Años atrás, su padre decidió quitarse la vida.

Acaso Rousey requiera de auxilio moral e ilustración o conocimiento del sentido de la competencia deportiva. Que exista riesgo mortal en su actividad es otra cosa. El resto es juego, dulce y amarga expresión lúdica-agonal del milagro de la vida, reflejo de la naturaleza.

La pasión puede convertirse en algo más que una obsesión. Muchos deportistas, al igual que escultores, pintores, profesionales de diversos campos, se obsesionan y consumen en la llama del perfeccionamiento. Convengamos que se debe poner brida, con autocontrol o ayuda, a ciertos límites de la conducta humana.

 

Fuente y Créditos: Excelsior – http://www.excelsior.com.mx
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