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Siento un amor muy grande por San Luis Potosí: CATÓN

Caton 280416San Luis Potosí

Por CATÓN

Siento un amor muy grande por San Luis Potosí. Guardo en esa ciudad recuerdos de los que siempre se recuerdan. Tenía yo 13 años cuando en el Teatro de la Paz subí al palco escénico para representar el papel —mudo— de “Sombra que pasa” en “La antorcha escondida”, tremendo drama de Gabriel D’Annunzio. Tuve ahí un entrañable amigo al que jamás vi en persona —cosas de la vida— pero con quien cultivé muchos años de amistad por teléfono y por carta: el padre Joaquín Antonio Peñalosa. Ahí vivieron mi tío Arturo y mi tía Amelia, padrino mío de bautizo él, hermana mayor de mi madre ella, señora toda elegancia por fuera y toda bondad por dentro. ¿Cómo podré pagar la deuda que ahora tengo con San Luis Potosí, con su gobernador y con su gente? He aquí que de manos del licenciado Juan Manuel Carreras López, el joven gobernante de ese estado al que tantos afectos me vinculan, recibí un reconocimiento que me honra -“por su trayectoria y su obra”, reza el bello diploma que me entregó- y que me liga aún más con los potosinos. El secretario de Cultura, maestro Armando Herrera Silva, hizo una generosa presentación de mí. Dijo entre otras cosas lo siguiente: “Desde los orígenes de nuestra Nación distintos personajes han sabido reflejar en su obra la esencia del pensamiento mexicano. Armando Fuentes Aguirre, ‘Catón’, es uno de esos personajes cuya obra es reflejo de la vox populi nacional, porque el humor y el saber tienen su raíz intelectual en la tragicomedia del mexicano. En su larga y productiva vida Catón ha recibido una infinidad de reconocimientos, pero el más importante son las muchas citas, frases y cuentos que el mexicano ha incorporado a su bagaje cultural a partir del goce que representa leer y escuchar a este ilustre saltillense. Hoy nos sentimos orgullosos de recibir a Armando Fuentes Aguirre en San Luis Potosí, tierra que lo reconoce como a uno de los suyos por su indudable contribución a la cultura de México, así como por su elevadísima calidad humana. Gracias, maestro, y bienvenido a su casa”. Desde luego no merezco esas palabras. Nadie mejor que yo conoce mis incontables fallas, mis mayúsculos defectos, las muchas culpas que cargo sobre mí. Soy hombre, y ningún error humano me es ajeno. En el Valle de Josafat, el día del Juicio Final, se conocerán todos mis yerros, y entonces quienes me han entregado premios me los pedirán de vuelta. “Deque el diploma”. “Deque la medalla”. Mientras tanto, sin embargo, mi prójimo me sigue ungiendo con el santo óleo de la bondad humana. Y yo se lo agradezco de todo corazón, pues tanto mayor es la gratitud cuanto más corto es el merecimiento. Procuraré corresponder de palabra y obra a la cálida hospitalidad potosina que me brindó el gobernador Carreras López, quien a su juventud y amor por su tierra añade un don de gentes del cual disfruté en el curso de la cena en “La Gran Vía”, señorial sitio al que acudo en peregrinación cada vez que tengo la fortuna de visitar San Luis. Ahí gocé también la conversación de mi tocayo Armando Herrera, dueño de una vasta sabiduría de libros y de vida. Envío un abrazo cariñoso a Enif, linda muchacha con nombre de estrella, y al caballeroso don Juan Cortina, que me guiaron en mi gozoso deambular por la bella capital potosina; por sus calles, sus plazas y sus templos; por la recia casona donde alienta aún el espíritu de Othón, a quien tanto trató mi paisano Valle Arizpe. Dios no me ha dado todavía el don del arrepentimiento, bálsamo que lava el alma y aligera la materialidad del cuerpo. Si por la misericordia del Señor llego a recibir esa preciosa dádiva iré a San Luis y caminaré en su Procesión del Silencio vestido de nazareno, como el don Guido de Machado. Sólo que en vez de clamar: “Mea culpa, Domine”, iré diciendo una y otra vez: “Gracias, gracias, gracias.”… FIN.

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